Sello discografico: Independiente
Descripción:
Invocaciones apocalípticas o una obliteración voluntaria de la existencia
Reseña retrospectiva del álbum “Death Metal 666 Invoking the End” (2010) de Vitam Et Mortem. Especial para La Caja de Pandora - radio, underground Metal radio show, 96.9 FM.
Textos: Juan Sabbath
La existencia de Vitam Et Mortem en el universo musical, para quien escribe estas líneas, tuvo lugar bajo el signo de la violencia en 2006. En el onceavo corte de ese compacto homenaje a Masacre, la banda de El Carmen de Viboral incluyó sutilmente instrumentos ancestrales al poderoso tema “ritos de muerte”. Ese concepto selló su entrada a la galería de sonidos que resuenan en la primera línea de mis bandas destacadas de metal nacional. Concepto que todavía tiene mucho que dar y que si bien, no es novedoso, la sutileza compositiva de Vitam Et Mortem demuestra que no es sólo un truco para diferenciarse y que se soportan en investigación teórica, musical y conceptual: esto puede explotarse mucho más en un futuro. No es un indigenismo tendencia, es una postura creativa que demanda conocimiento y respeto. Por tanto, no es “folk” (música del pueblo), como aparece en la enciclopedia, ni tampoco algo puramente étnico.
Es, más bien, paganismo en estado puro. Recuperar ritos, mitologías y cosmovisiones ancestrales como propuesta para salir del fango del servilismo, que revitalice el orgullo épico y oscuro de gloriosas épocas e imperios perdidos. Lo hizo el black metal a la saciedad, lo hace ahora con maestría el mal llamado “folk” de bandas como Wardruna. Paganismo que sigue la línea oscura del Yuruparí, el camino lúgubre de la muerte, la lujuria y lo demasiado humano. Así leo el concepto que atraviesa a Vitam Et Mortem desde 2007 y que todavía puede dar más, si lo recogen abiertamente en un enfoque conceptual inagotable.
Cuatro años más tarde de presentar dicho concepto, Vitam et Mortem producirían el compacto titulado “Death Metal 666 Invoking the End”, en una franca línea de progreso musical y conceptual. Vitam Et Mortem es una banda que se toma la creación musical muy en serio. El Metal, llevado a los niveles del arte, demanda estudio, conocimiento y talento. El resultado emana dichas cualidades, su sonido recuerda las obras conceptuales del cubismo, las complejas estructuras del barroco y las densas composiciones sinfónicas. Todas ellas requieren una disposición mental, una mirada más profunda, una escucha más concentrada para poder acceder a sus maravillas.
Vitam Et Mortem evita los ritmos fáciles para ofrecer una compleja capa de sonidos con sutiles apariciones de matices sonoros que deleitan a los oídos atentos. Lejos de capturar al oyente con un gesto simpático, le ofrecen sumergirse en una densa composición que no decepciona. Si usted prefiere los ritmos fáciles y las fórmulas prefabricadas, su música está en otro lugar. Aquí, la complejidad musical va más allá de la música o el relativo virtuosismo de sus ejecutantes, tiene que ver más bien con la postura del artista frente a su obra. El álbum contiene un concepto (ilustrado en el título de esta reseña), que funciona como eje sobre el cual, la música se desarrolla, recurso típico de las prácticas de la academia (pero que funciona).
La incorporación de matices sonoros en forma de trompetas y clarinetes no es, para mí, atípica al Metal, pues seguro estoy que este género es la música clásica del futuro, tal como lo insinuaba José Luis Campuzano. Por tanto, esos elementos que provienen de la orquesta sinfónica han demostrado muchas veces que encajan bien con las sonoridades densas y patéticas del Metal en general y del death metal en particular, al punto que algunas bandas quieren abusar de dicha estrategia. Ese no es el caso en Vitam Et Mortem, que como dije, imprime de manera sutil esos sonidos, en busca de un efecto artístico, no de un truco comercial (por eso funciona).
Salta a la vista (o al oído) la capacidad compositiva de su principal creador Julián Trujillo, quien sabe hilvanar timbres, colores y ritmos en esa pulsión de muerte hecha música, bajo murallas de sonido que descubren melodías y detalles, de difícil escucha, sí. Pero todo verdadero arte, requiere disposición, sensibilidad y paciencia, no facilismos ni pegajosas repeticiones. Y no hablo aquí de arte con sentido aristocrático y excluyente, hablo de arte como resultado de un trabajo juicioso y dedicado, el cual demanda más que pasión. El trabajo de Julián Trujillo me recuerda ese esfuerzo persistente y solitario de Mauricio Montoya, Rubén Restrepo, David Rairán, Alex Oquendo, Héctor Carmona y muchos otros. Si bien, estos persistentes creadores han contado con oportunos complementos interpretativos, se destaca siempre su impulso creativo individual, alimentado de resistencia frente a las adversidades. A ese tipo de arte me refiero.
Músicos de ese talante son dignos del gigante de Rabelais que construye su utopía: la de un nuevo imperio donde su propia voluntad es la única ley. Luego de traer a la superficie lo que considero el origen de la solidez musical de este álbum, queda claro que diez años después, armonías y acordes de conservatorio transfigurados en puro Metal dan como resultado un desfogue lujurioso de sonidos a la altura de los telemitas más consagrados. Eso representa para mí el Death Metal 666 Invoking the End. Un proceso adecuado para un resultado áureo dentro del tono sepulcral que recuerda la ligación irreducible de Eros y Thánatos, de la vida en la muerte.